¿Qué diferencias existen entre el Festival Aéreo Ciudad de Valencia y el resto de festivales aéreos que actualmente se celebran en España? Varias, notables algunas y más sutiles otras. Algunas son para mejor y otras no tanto.
Se nota una cierta inconsistencia en el hacer y en el estar, incluso en el ser. Muchas cosas chirrían, como ese empeño en mantener al festival secuestrado, delimitado, constreñido, aprisionado, privatizado, extrañamente elitizado. Demasiada valla, demasiada subdivisión estamentaria: "Preferente", "Personalidades", "Prensa"... Una zona para VIPs, separada por vallas de la de los menos VIPs (evitemos mezclas). Una zona para periodistas y otra para spotters. Y todos ellos separados del resto de espectadores. Espectadores a los que les queda amontonarse en el paseo marítimo (afortunadamente amplio) y esquivar a los edificios de primera línea (esos impagables chiringuitos de fantásticas terrazas y sueños de paellas perfectas) y a las palmeras altivas y empeñadas en colocarse delante de los objetivos de las miradas.
Es un trato injusto. Injusto para quienes, mayoritariamente, mantienen al festival. Toda la colección de patrocinadores de la que se ufana la organización (con razón se ufana, encontrar quien suelte pasta para estas cosas es de un mérito que ni os imagináis) viven del dinero de todas esas personas que el día del festival no tienen acceso ni a la playa, ni a los puestos VIPs, ni a los "preferentes", ni nada parecido. Es el dinero de ellas el que permite pagar al guarda jurado que les llamará desconsideradamente la atención si se sientan en la arena, si pasean por la orilla, si nadan en ese Mediterráneo suyo de cada día.
Yo, cuando me mentan la seguridad, me meto mis quejas donde me quepan. No me molestan las cámaras de videovigilancia (no siento que agredan mi intimidad con ellas), no me quejo en las largas colas de control de los aeropuertos, aguanto magníficamente que piten las alarmas porque la suela de mis zapatos lleva una placa metálica y me hagan descalzar, soporto con una sonrisa que mi DNI lo hayan visto más personas que un episodio de "Yo soy Bea", o que los frascos de colonia, líquido de lentillas y otros productos de tocador que utilizo queden a la vista de todo el mundo (con lo que me gusta a mí mantener esas cosas en el razonable espacio de la privacidad). La seguridad, para mí, es una total prioridad. Si me argumentan que el festival de Valencia cierra la playa por motivos de seguridad, me lo creo y punto. Aunque siga sin convencerme, en absoluto, nada, niente, cero.
Reflexionad conmigo, por favor, si el domingo se cierra la playa para evitar accidentes o para facilitar, caso de producirse, minimizar sus consecuencias ¿Por qué no se cierra, también, los días previos cuando se realizan los ensayos? Yo estuve en la Malvarrosa toda la mañana del sábado, víspera de la celebración del festival, y me recorrí a lo ancho la playa, justo en el eje de la exhibición, varias veces, mientras los aviones (ASAS, Patrulla Águila, Harrier, F-1, EFA) maniobraban donde les correspondía que era a bastante metros de distancia dentro del mar. Evidentemente, no era la única persona en la playa, había paseantes, bañistas, gente jugando volei, tomando el sol, haciendo castillos o limitándose a ver los aviones, como yo. Si es cierto que todos corríamos peligro ¿dónde estaba el celo en materia de seguridad de la organización del festival? ¿Libra los sábados? ¿O es que, como me aseguró uno de los aviadores acrobáticos más reconocidos de la actualidad (con un punto de retranca irónica evidente), "los aviones hacen menos daño si el accidente se produce en un ensayo".
No sé, no sé,... demasiados datos contradictorios. No importa la seguridad el sábado pero sí importa el domingo. En el resto de festivales que se celebran en playas (como los de Vigo -Playa de Samil-, Gijón -Playa de San Lorenzo-, y Barcelona -Playas de la Mar Bella y Nova Mar Bella-), no se cierran los arenales al público y la Malvarrosa sí. Me pregunto ¿Es que Vigo, Gijón y Barcelona no cumplen las normas de seguridad? ¿Es que en esos festivales, los asistentes nos estamos jugando la integridad física ante el total desprecio de la organización?
Si se me puede acusar de algo es de ser demasiado complaciente con los festivales aéreos (me pierde una exhibición, debo reconocerlo), así que no hay sospecha de animadversión por mi parte, al contrario. Habrá motivo para todo y probablemente sólo sea un problema de percepción. Este festival, como el resto de festivales aéreos que se celebren en España, sólo pueden caerme bien. Aunque, de paso, y por si alguien con mano en el Ciudad de Valencia llega a leer este blog, por favor, por favor, por favor, que piensen en serio cómo hacer para que en la próxima edición se pueda mantener abierta la playa. Es más, si lo hacen, seguro que la cifra de espectadores aumentará, puede llegar a esos 300.000 que algunas fuentes aseguran que hubo. Siempre se exagera un poco, es normal, pero allí no había tanta gente por una sencilla razón: no caben.
Y más aún, si admitimos que había 300.000 en la Malvarrosa, con la playa cerrada ¿Qué diríamos de Vigo, Gijón y Barcelona que tenían sus playas abiertas y abarrotadas?
Yo llegué a esto de la afición a los aviones que hacen algo más que volar en línea más o menos recta, gracias a la Patrulla Águila. Conocía la existencia de la patrulla acrobática del Ejército del Aire únicamente por las retransmisiones del desfile del día de la Hispanidad. Eran esos siete aviones de la bandera de humos. Así transcurrieron varios años en los que el atractivo de la retransmisión eran esos escasos segundos en los que la cámara sigue la estela de los C101 en formación cuña. A veces el locutor comenta algo sobre la patrulla, siempre lo mismo (no resulta menos aburrido por ser la verdad-verdadera, dicho sea de paso), que se trata de siete C101 de los que el Ejército del Aire utiliza para formar a sus futuros pilotos, que los pilotos de la Patrulla Águila son instructores de vuelo de la Academia General del Aire y que tienen su base en San Javier (Murcia). Mucha información no es, sinceramente, pero teniendo en cuenta que del desfile de tierra tampoco es que cuenten mucho (y eso que se pasan un tiempo desfilando y no como los aviones que pasan en un suspiro) como que nos vamos haciendo a la idea.
Nada más lejos que intentar extrapolar mi caso personal al del resto de la audiencia. Pero tampoco soy una rara avis, así que no me es difícil imaginar muchos otros casos en los que la retransmisión del desfile del día de la Hispanidad haya sido el germen de un interés mayor y, en algún caso, de algo más. Habrá jóvenes que se interesen por la aeronáutica viendo a esos aviones, habrá futuros ingenieros e ingenieras, habrá gente, en definitiva, que descubra su vocación. En muchos casos, una vocación ligada al ejército.
Mi afición a esto de los aviones que, como ya he dicho más arriba, hacen algo más que volar en línea recta (con poco más que hagan, me vale) es puro ocio. Me gusta verlos, me gusta saber de ellos y me gusta contar lo que veo y lo que sé. Es decir, ocio y nada más que ocio y disfrute. De esta afición he aprendido una cosa muy importante: los aviones más bonitos, los de diseño, mecánica y prestaciones más espectaculares y avanzadas son, siempre, aviones militares.
A veces hasta yo me sorprendo de lo políticamente incorrecto que es lo que escribo.
Nos han hecho llegar a la redacción de aeromagazines una copia de un artículo firmado por Francesc Arroyo y publicado por un periódico de tirada estatal (que no pienso mencionar porque si ellos no hacen publicidad de mi página, yo no pienso hacérsela a ellos de su periódico). El artículo, que vio la luz el pasado lunes 8, algo más de una semana después de la Festa al Cel, lo titula de una manera preciosa, literaria, casi poética (bueno, sin el casi) "Los suspiros son aire y van al aire". Qué bonito y prometedor parecía el artículo, qué lindo quedaba con su foto de varios niños encaramados a una de esas estructuras dedicadas a juegos infantiles observando atentos la pasada de los aviones de la Patrulla Águila.
Una lástima que tanta promesa para cualquiera de los miles de seguidores de la Festa al Cel (creo que ya lo he dicho, pero pretendo recrearme en la cifra: más de 300.000), se quedara en nada. La cosa (= el artículo) iba de crítica profunda. Bueno, profunda, profunda, no, pero más o menos. Dos lectores del periódico (de ese periódico que no voy a mencionar) le llamaron al bueno de Francesc (que debe de ser algo así como el receptor de quejas sobre las administraciones y empresas públicas catalanas en el periódico en cuestión -al que seguiré sin mentar-), para preguntarle sobre la aportación de la Festa al Cel al calentamiento climático. Tela. Menudo preguntón complicado para el amigo Arroyo. No le arriendo la ganancia. Me pongo en su lugar (es que soy de natural empático) y me lo imagino sumando el cuadrado de la hipotenusa de tres veces el número de loopings de los acrobáticos elevado a "ene" siendo "ene" el total de aviones no acrobáticos y dividiendo el resultado entre el número de ruedas de todos los vehículos necesarios, y me da el agobio. Eso sólo para empezar, porque el cálculo de la incidencia de cualquier cosa, evento aeronáutico o no, sobre el cambio climático tiene que ser así de complicado como poco. Lo único que se me ocurre para evitar el colapso mental de Francesc ante tamaño esfuerzo es recomendarle que multiplique el resultado que le dé por la suma del coeficiente intelectual de los dos lectores que le han hecho semejante pregunta (qué mala idea tienen algunos). Ya le adelanto yo el resultado (y así le evito utilizar la calculadora que, seguro, también tendrá su incidencia en el cambio climático ése): le va a dar "cero" (de eso, amigos míos, sabe mucho Bart Simpson).
Estas dos lumbreras defensoras del medio ambiente, le dicen a Arroyo que lo que se ha hecho es gastar combustible sin ton ni son. Y yo les digo (Arroyo, chico, qué poco rápido estuviste ahí, podrías habérselo dicho tú mismo) que para nada, que los aviones necesitan combustible para volar y que la cosa iba de aviones volando y haciendo acrobacias en los más de los casos. A ver, criaturitas mías, que en eso consiste un festival aéreo.
Qué cansino resulta defender esta afición. ¿Me meto yo con la cantidad de energía que se malgasta cada vez que se celebra un partido de fútbol (un suponer)? Pues tiene que ser la tira, entre vehículos desplazados (que todo el mundo va en coche, que lo sé; bueno, todo el mundo menos los hinchas del Real Madrid que parece ser que van en metropolitano -Metro Madrid dixit-), bombillas para iluminar el terreno de juego (que muchos partidos se juegan por la noche y en invierno, que es cuando se acaba la luz solar casi nada más aparecer, asco de estación), aparatos televisivos encendidos, bares abiertos y venga a malgastar energía, radios a pilas conectadas (¡con lo que contaminan las pilas, además!), etc., etc., etc. Todo ello casi a diario, al menos dos veces por semana. Un derroche, ahí sí que podríamos hablar de ton y de son largo y tendido. La Festa al Cel se hace una al año. Puestos a hacer cálculos de incidencia sobre el medio ambiente me apuesto mi perrito piloto contra lo que quieran mis dos lectores del innombrado a que el perjuicio de un festival como la Festa al Cel resultaría, comparado con casi cualquier otro evento, lo que en estadística se conoce como "cifra despreciable".
Es que, de verdad, son ganas de quejarse. Ellos dos se quejan, sí, pero es que es muy fácil encontrar a alguien que se queje (estamos en España, si algo se encuentra con facilidad por aquí es quejicas), el auténtico culpable de que exista ese artículo no son estos dos que se sienten tan agredidos e indignados que levantan el teléfono para quejarse, el culpable es Francesc Arroyo por dedicarles tres columnas con titular poético y foto espectacular. La culpa la tiene él por preguntar en el Instituto de Cultura de Barcelona (Icub) por el coste del evento para las arcas municipales (coste cero, por cierto). La culpa la tiene él por preguntar al Aeroclub Sabadell por el coste del combustible. La culpa la tiene él por extrañarse de que el Ministerio de Defensa le pida las preguntas por escrito (¿de verdad nunca te han pedido, Francesc, que hagas la pregunta por escrito en ninguna parte?). La culpa la tiene él por publicar la respuesta de ICV (preguntarles también es culpa suya, que ya se sabe por dónde van a salir estos iniciativos verdes), que no os la perdáis: "No nos gusta que participe el Ejército, pero por lo demás, como sólo es un día y gusta a mucha gente, pues pase". No me digáis que no es para hacerle una pedorreta en la cara a Arroyo y otra al listo o lista que le dió esa respuesta. Vale, un día, pase, porque le gusta a mucha gente que si no... Estos individuos son capaces de hacernos comer mierda, ya lo dice la frase esa tan de cartelito de trasera de coche "coma usted mierda, más de cien millones de moscas no pueden estar equivocadas".
Es tan divertida la Festa al Cel que hasta con las repercusiones negativas se pueden hacer unas risas. Por favor, que no nos falte nunca.